Elementos de la comunicación oral

Existen elementos subjetivos y objetivos en el desarrollo de las habilidades comunicativas:

Elementos subjetivos

Son los que pertenecen o se refieren al sujeto hablante, a su modo de pensar y de
sentir; entre estos elementos se encuentran el autodominio, la organización de las
ideas y la proyección de emociones.

Autodominio.

Cuando nos enfrentamos a un auditorio es hasta cierto punto normal sentir ansiedad, miedo y timidez. Sin embargo, cuando éstos nos paralizan en lo físico y en lo psíquico,es necesario superarlos o atenuarlos lo suficiente como para poder expresarse en
público y lograr comunicarse. Cuando nos invade el temor pueden aparecer las siguientes reacciones: las glándulas salivales no secretan lo suficiente, se seca la boca y la garganta, y cuando es mucho el temor la boca se vuelve pastosa y en ocasiones se traba la lengua; los músculos del rostro quedan bloqueados, los movimientos del cuerpo, de los brazos y de las piernasse vuelven torpes, se produce transpiración, se traban la articulación y la voz. Y lo que es peor, se obnubila la mente y la persona se siente invadida por una sensación de vacío cerebral y aturdimiento, lo que hace difícil razonar, memorizar, coordinar las
ideas y la afluencia natural de las palabras. El autodominio consiste en conseguir el control de uno mismo, es actuar con
determinación y valor y, sobre todo tenerse confianza. Algunos aspectos que ayudan a lograr el autodominio son:
Saber y en el mejor de los casos dominar el tema que se va a desarrollar; relajar los músculos y concentrar la mente; controlar la mecánica corporal, a mayor soltura muscular, se está en mejores condiciones de expresar las ideas; desarrollar actitudes mentales de sostén, es decir tener pensamientos positivos, como por ejemplo proceder con confianza en sí mismo y ansia por ofrecer algo que considera importante que los otros reciban; empezar el discurso con un comienzo seguro y firme; respirar adecuadamente, una buena oxigenación del cerebro facilita la reflexión y la memoria; procurar asumir posturas y comportamientos extravertidos, que revelen vigor, entusiasmo, salud ayuda a una buena comunicación; y finalmente concentrarse en el discurso, no en sí mismo.ç
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Organización de ideas.

Es importante preparar las intervenciones en público. No se debe de improvisar jamás. Es una irresponsabilidad (personal, profesional, militante o pedagógica) hablar en público sin una preparación previa y además una falta de respeto para el auditorio.
Se recomienda hacer un plan, esquema o boceto conforme los cuales se presentarán las ideas al público destinatario del discurso.

Las cuestiones básicas que debemos formularnos para preparar un discurso o conferencia son:

  • Qué voy a comunicar. Tema o mensaje que se va a trasmitir, para lo cual hay que tener en cuenta el interés y necesidades del público.
  • A quién voy a comunicar. Se refiere al público destinatario.
  • Cómo lo voy a comunicar. Consiste en seleccionar los medios y los procedimientos que ayuden a una mejor comunicación.
  • Para qué voy a comunicar. Determinar los propósitos del discurso, que pueden ser: informar, anunciar, sugerir, motivar, sensibilizar, promover, enseñar persuadir y convencer entre otros.

Proyección de emociones.

Ander-Egg (2002) argumenta que para una buena comunicación oratoria, hay que tomar en cuenta, lo que suele llamarse los “ingredientes del estilo” que hacen más atractiva una charla, clase, discurso o conferencia y en el peor de los casos, evitan que
éstos sean grises, monótonos y aburridas.

Estos ingredientes son:

  • El sentimiento. El sentimiento es importante e insustituible en la oratoria, porque poco comunica quien habla sin sentir lo que está diciendo. El auténtico sentimiento nace, de la conciencia que se tiene de las cosas y de creer firmemente en lo que se dice. Sin embargo, hay que evitar caer en el abuso y en su caricaturización: el sentimentalismo.
  • La emoción. Este ingrediente está estrechamente ligado al sentimiento, ambos enriquecen los recursos fonéticos y visuales. Dan y confieren calor, tono, vibración y fuerza a una intervención frente a un auditorio. Si sólo se pretende informar sobre cuestiones que son un tanto lejanas a todos, se puede prescindir de la emoción; sin embargo, si se quiere influir en la voluntad de los que escuchan, moviéndolos a adoptar una determinada actitud, entonces la emoción se hace necesaria. La emoción no se logra provocándola artificialmente, con recursos poco claros que lindan con la cursilería, sino por una consonancia efectiva entre el pensar y el sentir.
  • El humor. Es considerado como uno de los mejores ingredientes para hacer atractiva y agradable una conversación, charla, discurso o conferencia. Un orador con sentido del humor definitivamente le da color a su discurso y ayuda a distender psicológica y mentalmente a quienes escuchan. Las bromas y las salidas graciosas a menudo relajan al auditorio, sin embargo, es importante no caer en la vulgaridad o en lo cómico. No es de preocuparse si el orador no tiene talento humorístico, sólo hay que evitar tratar de ser gracioso sin serlo, o caer en lo aburrido, gris y monótono.
  • La ironía. Consiste en decir con rostro serio algo intrínsecamente jocoso y evidentemente inexacto. Se trata de decir lo contrario de lo que realmente se piensa, no para atenuar o suavizar lo que se quiere expresar, sino para recalcarlo. Para hacer uso de este recurso hace falta además de sentido del humor, mucha inteligencia y agudeza, hacer muy claras inflexiones de voz, matizar mucho y bien, dominar la situación y estar seguros de que la ironía se entiende como tal. Empleada con moderación y con oportunidad, hace más atrayente y más amena la comunicación. Pero el abuso de la ironía la hace ineficaz y contraproducente, pues fácilmente deriva en sarcasmo y en lenguaje ofensivo.

En conclusión no es sólo es importante hablar sino la forma en que se habla. Es el sentimiento, el arte y la personalidad que se pone en ejecución lo que establece la diferencia entre la mediocridad y el genio. De tal manera que un discurso bien pronunciado puede convertir un tema desnudo en un tema muy acicalado.


Elementos objetivos

Análisis del público.

Si el orador actúa con responsabilidad y quiere comunicarse bien con el auditorio, tiene que saber a quiénes habla, para tratar de sintonizar con ellos. Anteriormente el orador era considerado como eje y figura central en tanto que el auditorio pasaba a segundo término. Ahora existe un enfoque nuevo y diferente tal como lo advierte Coll- Vinent, (Citado en Ander-Egg 2002:192) en el proceso de comunicación, el receptor o receptores de un mensaje (el público en el caso de la oratoria) son tan protagonistas
como el conferenciante. Por lo que es necesario tenerlo en cuenta para que la comunicación se produzca realmente, es decir, para que el mensaje sea recibido. Debemos considerar que un orador no es un disco que dice siempre las mismas cosas,
cualquiera que sean las personas y las circunstancias. Se trata de saber a quién se dice lo que se dice, para saber cómo se dice. Un mismo tema se prepara y se pronuncia diferente en función del auditorio al que va dirigido.

En términos generales el orador, previo a su discurso, debe recabar información acerca de:
  • Número de personas (tamaño de la audiencia)
  • Edad (casi siempre se presenta una amplia gama de edades, aunque suele darse la tendencia a predominar gente de determinada edad)
  • Sexo: en los públicos suele haber personas de diferentes sexos, un factor a considerar es identificar cuál predomina
  • Procedencia y origen
  • Condición social
  • Situación económica media
  • Estudios
  • Profesión y ocupación de la mayoría, o la que es más representativa
  • Nivel cultural medio;
  • Mentalidad, inclinaciones;
  • Religión, creencias y valores;
  • Pertenencia o no a asociaciones;
  • Costumbres y modos de vida;
  • Centros de interés: problemas o preocupaciones que predominan entre quienes forman el auditorio
  • Aficiones.
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Sin embargo, aun cuando se tomen varias precauciones nunca se sabe con certeza cómo va a reaccionar el auditorio.
“Para hacer escuchar lo que decimos, es menester ponernos en el lugar de aquellos a quienes nos dirigimos” Jean-Jacques Rousseau

Lenguaje a utilizar.
El lenguaje utilizado por un orador o conferenciante debe de servir de instrumento real para la comunicación. Ésta es una verdad elemental y básica; y, sin embargo, con alguna frecuencia se utiliza un lenguaje que constituye un obstáculo para una buena comunicación, ya que resulta poco comprensible para la gente. Olvidan una verdad de sentido común: cuando se habla, es para darse a entender.

Algunas características del lenguaje y del estilo capaces de lograr una buena
comunicación son:

a) Brevedad. Es uno de los rasgos distintivos de un estilo eficaz para comunicar. Definitivamente las oraciones y los párrafos cortos facilitan la comprensión de lo que se escucha, por lo que la brevedad y concisión se logra usando un mínimo de palabras para expresar una idea. No se debe olvidar que los rodeos innecesarios y el derroche verbal sólo dificultan la comunicación

b) Claridad y simplicidad. La claridad es un requisito indispensable. Un discurso claro tiene más posibilidades de comunicar un mensaje y de enseñar, persuadir o convencer, que uno poco comprendido. Para lograr claridad en el mensaje se debe: evitar el uso de terminología especializada, exponer una o dos ideas por frase, no usar palabras rebuscadas, utilizar lo menos posible adjetivos y adverbios y preferir las palabras que tienen sentido correcto.

c) Sentido de lo práctico. Además de ser breve, simple y claro, el lenguaje, para comunicar mensajes, enseñar, promover, etc., debe tener sentido de lo práctico. Para que el lenguaje sea práctico, es recomendable: transformar los sustantivos en verbos, preferir el verbo transitivo al intransitivo, la frase directa a la circunlocución y lo corto a lo largo.

d) Reflexión personal. La reflexión personal se ha de entender en un doble sentido: personal en cuanto al que emite el mensaje y personal en cuanto a los receptores. No es conveniente escribir de modo impersonal, o dirigirse a un público despersonalizado. Es importante hablar como si se estuviera dirigiendo a una persona amiga o conocida, y no a una masa amorfa. Por ello es
aconsejable: usar pronombres y referencias: “ustedes, los...”, “nuestros problemas”, etc. Cuando en un discurso existen reflexiones personales, los oyentes sentirán que es una persona que habla para otras personas, y esto permite una comunicación más profunda y eficaz.

El arte de saber escuchar, para saber hablar.

La comunicación humana tiene dos facetas: hablar y escuchar. Con frecuencia y de manera equivocada se piensa que es más importante hablar, ya que éste parece ser el lado dinámico de la comunicación, en cambio es sorprendente la poca atención que le hemos prestado al fenómeno de escuchar, el acto de escuchar generalmente suele considerarse como pasivo. Sin embargo, estudios recientes han demostrado la importancia del escuchar en nuestras relaciones personales en todos los ámbitos.
El escuchar es un factor determinante de la comunicación humana. Cheverría (2004) enfatiza que si examinamos detenidamente la comunicación, nos daremos cuenta de que ella descansa, principalmente, no en el hablar sino en el escuchar. El escuchar es
el factor fundamental del lenguaje. Hablamos para ser escuchados. El hablar efectivo sólo se logra cuando es seguido de un escuchar efectivo. Cabe mencionar que escuchar y oír no son sinónimos. Oír es un fenómeno biológico, se le asocia a la capacidad de distinguir sonidos en nuestras interacciones con un medio (que puede ser otra persona). En cambio, escuchar implica comprensión y, por tanto, interpretación. Escuchar es oír más interpretar. Cuando escuchamos no sólo escuchamos las palabras que se hablan; también, en la medida que les atribuimos un significado, escuchamos aspectos no verbales como los
gestos, los ademanes, las posturas y los movimientos del cuerpo, e incluso escuchamos los silencios éstos también comunican
Cheverría (2004) recomienda que si nos interesa escuchar efectivamente, deberemos habituarnos a observar, en primer lugar, nuestro estado emocional cuando conversamos y, en segundo lugar, el estado emocional de la persona con quien conversamos. No importa cuan claramente nos hayamos expresado ni cuan claras sean todas las acciones que esa conversación implica: no seremos escuchados como esperamos si el estado emocional no es el adecuado para llevar a cabo la conversación.
Una persona que sabe escuchar, sabe hacer preguntas en el momento adecuado, practica mejor la empatía y por tanto puede comunicarse mejor.

En este sentido, Cantú (2006) da las siguientes recomendaciones que facilitan la tarea de escuchar:

a) Sé objetivo. De manera inconsciente traemos con nosotros una pesada carga de mitos, creencias, hábitos y actitudes que influyen en la forma en recibimos e interpretamos los mensajes. Ser objetivo implica no rechazar de inmediato ideas o conceptos diferentes a los tuyos. Ya que en la medida en que seamos analíticos y objetivos se aprovechará mejor la capacidad de escuchar.

b) No interrumpir. Con mucha frecuencia nos anticipamos a hablar antes de que la otra persona haya terminado, además de no ser parte de los buenos modales nos arriesgamos a emitir una opinión o respuesta equivocada, contraria o inexacta. La recomendación es deja que el otro termine de hablar. Si frecuentemente escuchamos la frase: déjame terminar, es señal de que
debemos hablar menos y escuchar con más atención.
c) La cortesía. No hay nada más molesto para un orador que tener espectadores que estén platicando o riéndose durante la conferencia, o bien, ser interrumpidos por alguien que entra a la sala. Adicionalmente, es importante ser cortés al escuchar y evitar las señas o gestos de aburrimiento como bostezar en voz alta o cambiar de posición en el asiento constantemente. Compórtate con el orador como quisieras que se portara contigo.

d) Cultura general. El acervo cultural es de gran ayuda, porque frecuentemente una persona preparada escucha con más detalle a su interlocutor.

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